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lunes, 3 de enero de 2011

Las consecuencias de ofender a Dios

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Hoy domingo, un pasaje para reflexionar sobre un suceso de la historia, del cual se cumplió el 450 aniversario el pasado 22 de diciembre:

Éxodo, Capítulo 11: “1 Y Jehová dijo á Moisés: Una plaga traeré aún sobre Faraón, y sobre Egipto; después de la cual él os dejará ir de aquí; y seguramente os echará de aquí del todo. 2 Habla ahora al pueblo, y que cada uno demande á su vecino, y cada una á su vecina, vasos de plata y de oro. 3 Y Jehová dió gracia al pueblo en los ojos de los Egipcios. También Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, á los ojos de los siervos de Faraón, y á los ojos del pueblo. 4 Y dijo Moisés: Jehová ha dicho así: A la media noche yo saldré por medio de Egipto, 5 Y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras la muela; y todo primogénito de las bestias. 6 Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca fué, ni jamás será. 7 Mas entre todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua: para que sepáis que hará diferencia Jehová entre los Egipcios y los Israelitas. 8 Y descenderán á mí todos estos tus siervos, é inclinados delante de mí dirán: Sal tú, y todo el pueblo que está bajo de ti; y después de esto yo saldré. Y salióse muy enojado de con Faraón. 9 Y Jehová dijo á Moisés: Faraón no os oirá, para que mis maravillas se multipliquen en la tierra de Egipto. 10 Y Moisés y Aarón hicieron todos estos prodigios delante de Faraón: mas Jehová había endurecido el corazón de Faraón, y no envió á los hijos de Israel fuera de su país”.

Estos versículos hay que ponerlos en relación con Éxodo 7:3-4: “3 Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas. 4 Y Faraón no os oirá; mas yo pondré mi mano sobre Egipto, y sacaré á mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios”.


Todos somos culpables pues todos hemos pecado. Nada bueno puede salir de nuestros corazones si Dios no lo coloca en ellos. El pecado es algo que ofende de sobremanera a Dios, Su ira se engrandece enormemente, tanto por el pecado original, como por aquellos que cometemos ahora y Su voluntad es castigarlos, por Su perfecta justicia, temporal o eternamente: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas” (Deuteronomio 27:26; Gálatas 3:10).

Dios puede endurecer el corazón de alguien o sujetarle a la obediencia, sin embargo, no es Él el responsable de que esa persona actúe de forma malvada o impía pues el proceder de esa forma es lo que está dentro de la naturaleza caída del ser humano. Como el pecado no puede quedar sin castigo, no es injusto que castigue a aquellos cuyo corazón ha endurecido. El Faraón de Egipto no era alguien bueno o inocente, sino un tirano que se complacía en la opresión de los israelitas en la esclavitud. Estos llevaban cuatro siglos sirviendo a los egipcios e incluso un Faraón había ordenado que los recién nacidos varones de los israelitas fueran muertos. Su pueblo aprobaba la actuación de este tirano o, al menos, no se le oponía.

Antes de la última plaga, la muerte de los primogénitos egipcios, Dios había dado una y otra oportunidad al Faraón y a Egipto para arrepentirse y dejar marchar a Israel, sin embargo, éstos habían endurecido ellos mismos su corazón. Tras una sombra de arrepentimiento, durante la plaga del granizo, volvió a endurecer su corazón y perseverar en el pecado: “Y viendo Faraón que la lluvia había cesado y el granizo y los truenos, perseveró en pecar, y agravó su corazón, él y sus siervos. Y el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir á los hijos de Israel; como Jehová lo había dicho por medio de Moisés” (Éxodo 9:34-35).

Dios endureció el corazón del Faraón y de Egipto, con lo que no permitieron salir a Israel, sin embargo, ellos mismos se habían atraído este juicio sobre ellos mismos al haber sometido a los israelitas a la esclavitud y haber matado a sus recién nacidos. Romanos 6:23 dice que la paga del pecado es la muerte, con lo que el castigo al Faraón y a Egipto por sus pecados con terribles plagas no fue injusto, sino misericordioso, pues un castigo enteramente justo hubiera sido que Dios hubiera destruido por completo a Egipto, lo que no hizo.

La Biblia, tanto a nivel individual como colectivo, ofrece múltiples ejemplos de creyentes que son perseguidos y hasta muertos por defender su fe y su libertad ante los poderes terrenales. Persecuciones y oprobios los cuales nunca quedan sin castigo. Faraón era un tirano más de este mundo, de Egipto, pero su ejemplo es aplicable al Sanedrín de los tiempos de los Apóstoles, a la Roma de los Césares, a la “santa” inquisición, a la URSS, a los nazis, etc. Dios endurecerá sus corazones y ellos, temporalmente, creerán ser triunfantes, pero su triunfo es tan efímero como es el estar en este mundo, pues el juicio y el castigo siempre llega, en esta vida o en la eternidad.

Allá por mediados del siglo XVI, las dos comunidades más fructíferas de creyentes dentro de España se encontraban en Valladolid y Sevilla. Realmente, se puede hablar de otra “memoria histórica”, pero sin victimismos de ningún tipo, una historia no demasiado conocida y sobre la cual hay una ignorancia casi generalizada en España: la obra de los reformadores españoles del siglo XVI. En Sevilla, prácticamente nadie sabe, aunque solo fuera por una cuestión de cultura general, que la Biblia Reina-Valera, la leída por todo el protestantismo de habla hispana fue traducida a nuestro idioma en el monasterio de San Isidoro del Campo, a pocos kilómetros de la capital andaluza. La congregación protestante de Sevilla agrupaba a unas 1000 personas, cifra nada desdeñable para aquellas fechas.

Sin embargo, entre 1559 y 1560 muchos de los miembros de estas congregaciones perecieron en los terribles Autos de Fe que se organizaron en Valladolid, dos en 1559, concretamente, el 21 de mayo y el 8 de octubre, y en Sevilla, uno el 24 de septiembre de 1559 y otro el 22 de diciembre de 1560.

En este último, pereció quemado vivo en el siniestro quemadero de Sevilla, situado bastante cerca de la Universidad y del terreno que actualmente ocupa el Casino de la Exposición, uno de los más valientes mártires, Julián Hernández, más conocido con el sobrenombre de “Julianillo” por su pequeña estatura. Su “delito”: haber introducido en España ejemplares de una nueva traducción del Nuevo Testamento al castellano. Al ser quemado en la hoguera, él mismo cogió la leña y se le echó por encima. En ese mismo lugar murió también una mujer llamada Leonor Núñez junto con sus tres hijas, Elvira, Teresa y Lucía. Asimismo perecieron Francisca de Chaves, monja de Santa Isabel, Ana de Rivera, Juan Sastre, Francisca Ruiz y María Gómez. Incluso se desenterraron los huesos del recientemente fallecido y gran predicador de la catedral de Sevilla, Constantino Ponce de la Fuente. Estos fueron quemados junto con una imagen suya. Constantino había fallecido en la cárcel de Triana el 9 de febrero de 1560. Había sido conducido por la Inquisición a esa prisión porque se le tenía como hereje. En realidad, el gran predicador había abrazado la fe protestante y bíblica. También se quemó una efigie del doctor Egidio, también fallecido, y de Juan Pérez de Pineda, traductor del Nuevo Testamento al español, curiosamente, el Nuevo Testamento que “Julianillo” había llevado de contrabando a España.

Estos hombres y mujeres fueron ajusticiados por preferir obedecer a Dios antes que a los hombres. Los reformadores españoles, desde muy temprano, ejercieron en nuestro país, pasara lo que pasara, el derecho al libre examen de la Biblia, la libertad de conciencia y de fe. Desgraciadamente para nuestro país, fueron borrados y su recuerdo sepultado por la Inquisición. Nuestra historia a partir de entonces estuvo llena de momentos de verdadera oscuridad, autoritarismo, pobreza e ignorancia.

Dios endureció el corazón de aquellos inquisidores y de algunos de nuestros compatriotas de aquellos tiempos, como al Faraón y a Egipto, pero no les dejó sin castigo. El juicio de Dios a la ciudad de Sevilla no llegó casi hasta un siglo después. La peste que azotó a la ciudad en 1649 fue la mayor epidemia jamás recordada. Se estima que la cifra de muertos rondó los 60.000, aproximadamente, el 46% de la población. Según el historiador de aquellos tiempos Diego Ortiz de Zúñiga, fue el “más trágico suceso que ha tenido Sevilla y en que más experimentó cercana la muy miserable fatalidad de ser destruida”, ya que, “quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que se fueron siguiendo ruinas en los años siguientes;… todas las contribuciones públicas en gran baja;… los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores… y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad” [...] “Entraron en el Hospital de la Sangre veinte seis mil y setecientos enfermos, dellos murieron veinte y dos mil y novecientos y los convalecientes no llegaron a quatro mil. De los Ministros que servían faltaron mas de ochocientos. De los Médicos que entraron a curar en el discurso del contagio, de seis solo quedo uno. De los Cirujanos, de diez y nueve que entraron quedaron vivos tres. De cincuenta y seis Sangradores quedaron veinte y dos“.

Sevilla, que, hasta aquel entonces, había sido la capital europea del comercio marítimo y una de las ciudades más ricas y prósperas, se convirtió en unas pocas semanas de 1649 en una ciudad lúgubre y fantasmagórica, nunca volvió a ser lo que había sido. Dios juzgó a nuestros conciudadanos, quienes le habían ofendido tan gravemente.

Hoy día, disfrutamos en el mundo occidental de una libertad confesional con la que ni siquiera pudieron soñar estos mártires de la fe.

Dios puede parecer dejar actuar libre e impunemente al malvado pero sus juicios son inexorables.
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martes, 4 de mayo de 2010

El Cristianismo es la única respuesta

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Reproduzco aquí el siguiente artículo publicado en La Web Cristiana, bastante relacionado, en cierto modo, con lo expuesto en la entrada anterior:
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El Cristianismo es la única respuesta
Artículo de Noel J. Rojas C.
La Web Cristiana

Cada día me convenzo más de que sólo el Cristianismo es la respuesta, no sólo para la condición perdida del ser humano como individuo, sino para todos los males que aquejan a la sociedad en general. Los hombres pasan y los gobiernos humanistas se suceden unos tras otros ofreciéndose como la gran panacea para remediar las penurias de la gente, y, sin embargo, cada vez, inexorablemente, dejan detrás de sí una secuela de frustraciones y desencantos. Los Cristianos tenemos frente a nosotros un inmenso desafío: mostrar al mundo que la fe en Jesucristo no es una religión hueca, ni un culto místico ni una treta escapista, sino que, además de conducir a la salvación personal y a la vida eterna en el cielo, ofrece soluciones concretas a las naciones aquí en la tierra. Como Cristianos puestos por Dios en esta nación, lo primero que tenemos que entender es cuál es la verdadera causa de los problemas que aquejan a nuestro país. En el fondo de la grave crisis política y económica, que es real e ineludible, hay una crisis moral y espiritual. El abandono de los valores Cristianos y la entrega al pecado y a la disolución, son las verdaderas causas de la situación que padecemos hoy. La falta del temor de Dios es la causa de la corrupción que ha imperado por años en el ámbito político y económico. La promiscuidad, el adulterio, el alcoholismo, la drogadicción y el desenfreno generalizado son consecuencia del vacío espiritual en las vidas de los hombres.

Debemos mirar más allá de los partidismos y las tendencias y guardar nuestros corazones de dejarse llevar por las contiendas humanas, porque, al fin y al cabo, quienes nos han gobernado en el pasado y quienes gobiernan ahora no son sino hombres por quienes Cristo murió, criaturas a quienes Dios ama y que necesitan al Salvador. Es imperativo que entendamos que nuestra nación está viviendo, en última instancia, las consecuencias del olvidarse de Dios y Sus mandamientos. Y más imperativo aún es que los Cristianos asumamos nuestra responsabilidad como embajadores de Cristo aquí en la tierra.

¿Qué debemos hacer los Cristianos ante esta situación? Y la respuesta a esta pregunta depende, de manera crucial, de la visión que tengamos de los planes y propósitos de Dios para la Iglesia en el futuro.

Si nuestra visión es pesimista, diremos que no hay nada que podamos hacer. Sólo nos queda contemplar pasivamente como el diablo destruye nuestra tierra, llevando a nuestra juventud a la perdición, haciendo que nuestras riquezas naturales sean despilfarradas, que nuestra economía vaya a la bancarrota, que personas corrompidas ocupen las posiciones de poder para enriquecerse ilícitamente, trayendo así miseria, desolación y desesperanza. Diremos que “son los últimos días”, que “el reinado del anticristo ha comenzado”, que “debemos aceptar la voluntad de Dios” y que sólo nos queda “salvar a los que podamos” y esperar que “el Señor Jesús venga del cielo a rescatarnos de este mundo perdido”.

Pero, ¿es ésa realmente la voluntad de Dios? Sinceramente, creo que no. Creo que Dios nos llama a discernir los tiempos y a ser entendidos en el conocimiento de Su voluntad. ¡Creo que nos encontramos ante un tiempo de oportunidad para el pueblo de Dios! Porque las Escrituras dicen que “el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Ro. 8:19).

A través de la Biblia podemos ver que Dios ha usado a Sus hijos para bendecir la tierra en momentos de crisis. Un ejemplo de esto es José. Cuando vino un período de hambre y escasez en Egipto, Dios levantó a José como gobernador y lo llenó de sabiduría para que administrara todo el fruto de las cosechas del país. Y mientras que hubo hambre en todos los países, en la tierra de Egipto no faltó el alimento. Incluso, venían las gentes de otras naciones a comprar, porque el hambre era grande, pero había abundancia en Egipto gracias a la buena administración de José (Gn.41: 38-57; 45:8; Sal. 105:21).

Dios puso a Daniel como gobernador en Babilonia, una nación pagana y depravada, porque “había en él un espíritu superior”. A través de Daniel, el nombre del Señor fue glorificado grandemente a través de señales y maravillas, hasta el punto de que Nabucodonosor, un rey perverso e idólatra, tuvo que humillarse y reconocer que “el Dios vuestro es Dios de dioses y Señor de los reyes” (Dn. 2:46-49; 6:3-4).

La Biblia nos da promesas de un futuro glorioso para el pueblo de Dios. En el libro del profeta Isaías dice que: “Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones” (Is. 2:1-4). Y en el libro del profeta Habacuc dice que, “la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.” (Hab. 2:14, ver también Is. 11: 9-10).

Ahora bien, esto no sucederá de una manera mística o etérea. Dios llama a sus hijos a ofrecerse como instrumentos para establecer Su reino en la tierra. Dios requiere del compromiso de Su pueblo, la Iglesia, para: te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.” (Sal. 2:8). Pero, aunque la oración es fundamental, no es suficiente con orar. El reino de Dios comienza a ser establecido cuando cada hijo de Dios es luz en el lugar en donde está. En la familia, en el salón de clases, en el vecindario, en el lugar de trabajo, y hasta en un cargo político, la luz debe brillar. “Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt.5: 15-16). La religión muerta hace huir a los hombres, pero la vida de Cristo reflejada a través de nosotros les atraerá al Reino de Dios. Nuestra conducta debe ser una expresión del mensaje de gracia, fe y esperanza que Cristo vino a ofrecer. El ejemplo de una vida transformada, rebosante de amor, gozo y paz, es más poderoso que la más correcta exposición de doctrina y erudición bíblica. La gente anhela ver realidad, no escuchar sermones. Debemos ser epístolas vivientes, “conocidas y leídas por todos los hombres; cartas de Cristo, escritas no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2 Co. 3: 2-3).

Y finalmente, debemos ofrecernos a Dios como instrumentos para la unidad de Su pueblo. En estos momentos impera en el país un espíritu de contienda y división por causa del fragor político. Es muy fácil dejarse llevar por la corriente de las diatribas humanas y caer en la misma actitud. El apóstol Pablo define esto como una conducta carnal: “...porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1 Co. 3:3). Y peor todavía es dejar que ese espíritu entre en la Iglesia de Cristo. José, aún cuando era el segundo después de Faraón, supo guardarse del espíritu de Egipto. Daniel “propuso en su corazón no contaminarse” con el espíritu de Babilonia. El diablo obtiene victoria cuando el pueblo de Dios se enfrasca en pugnas estériles que no conllevan a edificación ni crecimiento de la Iglesia. Ningún fruto de justicia será concebido a través de la contienda: “Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad, porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica” (Stg. 3:14-15). Por esto, para que el reino de Dios avance y prevalezca, debemos ser factores de unidad, permitiendo que fluyan a través de nuestra vida los frutos de la longanimidad, la paciencia, la humildad y el amor de Cristo hacia nuestros hermanos. ¡Sólo así podremos conquistar y vencer!

Hermanos míos, servimos a la Causa más grande del Universo, que es la redención de las almas de los hombres y el establecimiento del reino de Cristo en la tierra. Tenemos un Mensaje que es superior a cualquier filosofía o doctrina que la mente humana haya podido concebir.

No perdamos de vista ni la naturaleza ni la meta de nuestra batalla. ¡Porque, en el fin, seremos los hijos de Dios quienes regiremos en la tierra, para gloria de nuestro Dios!

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