sábado, 9 de octubre de 2010

Idolatría (I)

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Sé que me leen muchos católicos romanos, que alguno de ustedes serán muy devotos de algún Cristo, alguna Virgen o algún santo, en concreto, de la imagen que, en madera, piedra, mármol o cualquier otro material, los represente (en España incluso hay peleas en algunos lugares y entre algunas personas, para dilucidar qué virgen, santo o patrón es “mejor”), pero estas dos entradas no se limitan únicamente a la idolatría católica. Bueno es hablar no solo de la idolatría evidente, sino de la idolatría más sutil, la que, lamentablemente, se da en iglesias evangélicas, también, y aquella que, como la anterior, se nos intenta imponer actualmente desde el Estado mediante su arma letal, los colegios públicos, una forma de idolatría que no necesita ídolos físicos tallados en madera, esculpidos en mármol o forjados en metal.

“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: No te inclinarás á ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los terceros y sobre los cuartos, á los que me aborrecen, Y que hago misericordia en millares á los que me aman, y guardan mis mandamientos”, es el segundo mandamiento (Éxodo 20:4-6). Pero no olvidemos el primero: “Yo soy JEHOVÁ tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de siervos. No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:2-3).

Como saben, desde la Iglesia de Roma, se dice que venerar un santo, un crucifijo, una cruz, una virgen, un altar o una reliquia no tiene nada que ver con la adoración a los ídolos y que, es más, supone una ayuda para los fieles, al tener algo físico sobre lo que fijar la vista. Fíjense, no obstante, la justificación que se hace en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf Nm 21, 4-9; Sb 16, 5-14; Jn 3, 14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex 25, 10-12; 1 R 6, 23-28; 7, 23-26)”. La serpiente de bronce fue una figura, creada por Moisés, que hay que situar en un contexto muy concreto: “Y partieron del monte de Hor, camino del mar Bermejo, para rodear la tierra de Edom; y abatiose el ánimo del pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? que ni hay pan, ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo: y murió mucho pueblo de Israel. Entonces el pueblo vino á Moisés, y dijeron: Pecado hemos por haber hablado contra Jehová, y contra ti: ruega á Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo. Y Jehová dijo á Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre la bandera: y será que cualquiera que fuere mordido y mirare á ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de metal, y púsola sobre la bandera, y fue, que cuando alguna serpiente mordía á alguno, miraba á la serpiente de metal, y vivía” (Números 21:4-9). Sin embargo, dicha serpiente hubo una época en que llegó a tener efectos perniciosos hasta el punto de que el rey Ezequías hubo de destrozarla pues Israel le rendía culto y la honraba quemándole incienso: “El quitó los altos, y quebró las imágenes, y taló los bosques, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban perfumes los hijos de Israel” (2 Reyes 18:4). ¿Molestó aquello a Dios? En absoluto: “Hizo lo recto en ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre” (versículo 3), puesto que “En Jehová Dios de Israel puso su esperanza: después ni antes de él no hubo otro como él en todos los reyes de Judá” (versículo 5). La adoración (o “veneración”, como dicen eufemísticamente) de las imágenes fue adoptada por la Iglesia Católica Romana en el Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 787, con la excusa de que Jesucristo, al ser la encarnación de Dios en carne humana, había derogado la prohibición de darles culto (aquí se les escapa la palabra “culto”). ¿Cómo se explica entonces que en 1 Corintios 10:14 nos advierta expresamente: “Huid de la idolatría”?. Como vemos, pues, el culto o adoración a las imagenes que predica la Iglesia Católica Romana tiene su fundamento no en la Biblia, sino en la tradición católica.

La realidad es que la Biblia nos enseña que postrarnos ante una imagen fabricada por el hombre (ojo: recordar que no debe ser algo físico, pero de eso hablaré en la segunda parte) es adorar las obras de nuestras propias manos, adorar lo que nosotros hemos hecho en lugar de adorar al Dios que nos ha hecho a nosotros. La idolatría era una ofensa capital en Israel porque era una traición contra Dios y así aparece continuamente en el Antiguo Testamento, tal era su importancia:

Levítico 19:4: “No os volveréis á los ídolos, ni haréis para vosotros dioses de fundición: Yo Jehová vuestro Dios”.

Levítico 26:1: “No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni os levantaréis estatua, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros á ella: porque yo soy Jehová vuestro Dios”.

Salmo 115:1-8: “No a nosotros, Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad. ¿Por qué han de decir las gentes: «¿Dónde está ahora su Dios?»? Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho! Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; orejas tienen, pero no oyen; tienen narices, pero no huelen; manos tienen, pero no palpan; tienen pies, pero no andan, ni hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen y cualquiera que confía en ellos”.

Isaías 44:9-20: “Los que modelan imágenes de talla, todos ellos son nada, y lo más precioso de ellos para nada es útil; y ellos mismos, para su confusión, son testigos de que los ídolos no ven ni entienden. ¿Quién fabrica un dios o quién funde una imagen que para nada es de provecho? Todos los suyos serán avergonzados, porque los artífices mismos son seres humanos. Todos ellos se juntarán, se presentarán, se asombrarán y serán a una avergonzados. El herrero toma la tenaza, trabaja en las brasas, le da forma con los martillos y trabaja en ello con la fuerza de su brazo; luego tiene hambre y le faltan las fuerzas; no bebe agua, y se desmaya. El carpintero tiende la regla, lo diseña con almagre, lo labra con los cepillos, le da figura con el compás, lo hace en forma de varón, a semejanza de un hermoso hombre, para tenerlo en casa. Corta cedros, toma ciprés y encina, que crecen entre los árboles del bosque; planta un pino, para que crezca con la lluvia. De él se sirve luego el hombre para quemar, toma de ellos para calentarse; enciende también el horno y cuece panes; hace además un dios y lo adora; fabrica un ídolo y se arrodilla delante de él. Una parte del leño lo quema en el fuego; con ella prepara un asado de carne, lo come y se sacia. Después se calienta y dice: «¡Ah, me he calentado con este fuego!» Del sobrante hace un dios (un ídolo suyo), se postra delante de él, lo adora y le ruega diciendo: «¡Líbrame, porque tú eres mi dios!». No saben ni entienden, porque cerrados están sus ojos para no ver y su corazón para no entender. No reflexiona para sí, no tiene conocimiento ni entendimiento para decir: «Parte de esto quemé en el fuego, sobre sus brasas cocí pan, asé carne y la comí. ¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?». De ceniza se alimenta; su corazón engañado lo desvía, para que no libre su alma ni diga: «¿No es pura mentira lo que tengo en mi mano derecha?»”.

Habacuc 2:18: “¿De qué sirve la escultura que esculpió al que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra?”.

Todos los católicos a los que se pregunte contestarán sinceramente que aman a Dios, que creen que cuando veneran una imagen a quien transmiten esa veneración es, en realidad, a Dios.

Pero no hay que olvidar que los adoradores del becerro de oro también creían sinceramente venerar a Dios en esa imagen. Ellos no decían que hubieran inventado un nuevo dios: “El cual los tomó de las manos de ellos, y lo formó con buril, e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta a Jehová” (Éxodo 32:4-5). Israel identificó a Dios con la imagen de los dioses esculpidos que durante siglos habían contemplado en Egipto. La realidad es que necesitaban darle forma a Dios, necesitaban una imagen ante sus ojos para sentir Su presencia. Sin embargo, no por ello esto dejaba de ser un pecado ante los ojos de Dios: “Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de tierra de Egipto se ha corrompido: Presto se han apartado del camino que yo les mandé, y se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y han sacrificado a él, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Dijo más Jehová á Moisés: Yo he visto á este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz: Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en ellos, y los consuma: y á ti yo te pondré sobre gran gente” (Éxodo 32:7-10). Solo la intercesión de Moisés evitó que la cólera de Dios consumiera a Israel.

Igualmente, en los libros Primero y Segundo de Reyes se narra la historia de los reyes de Judá, de los cuales, sobre los buenos reyes, se dice y repite siempre la misma fórmula: hicieron lo correcto ante los ojos de Dios y deshicieron los ídolos pero no quitaron los lugares altos. Estamos hablando de un momento espacialmente crítico para la fe, tras la división entre los reinos de Judá e Israel. Leemos por ejemplo la historia del rey Asa: “En el año veinte de Jeroboam rey de Israel, Asa comenzó a reinar sobre Judá. Y reinó cuarenta y un años en Jerusalem; el nombre de su madre fue Maachâ, hija de Abisalom. Y Asa hizo lo recto ante los ojos de Jehová, como David su padre. Porque quitó los sodomitas de la tierra, y quitó todas las suciedades que sus padres habían hecho. Y también privó a su madre Maachâ de ser princesa, porque había hecho un ídolo en un bosque. Además deshizo Asa el ídolo de su madre, y lo quemó junto al torrente de Cedrón. Empero los altos no se quitaron: con todo, el corazón de Asa fue perfecto para con Jehová toda su vida” (1 Reyes 15:9-14). Asa, como otros reyes de los que pueden considerarse que fueron buenos gobernantes para su pueblo quitó los ídolos, pero no quiso quitar los lugares altos, puesto que allí los fieles sacrificaban y quemaban incienso. Tanto los habitantes de Judá como los de Israel practicaban una religión que era un híbrido entre el culto a Dios y el culto a Baal y otros dioses en aquellos lugares altos y, sin embargo, creían estar adorando correctamente a Dios, aunque fuera odioso y repugnante a Sus ojos. Habían tomado los cultos cananeos y los habían impregnado de lo que a ellos les parecía bien del Dios de la Biblia.

Es cierto que Baal, según la mitología cananea, hijo de El, a priori, pudiera parecer que no tenía similitud alguna con Dios, como para ser confundido. Estos eran “dioses” que no tenían concepto en absoluto de la moralidad. En un poema conocido como “El Nacimiento de los Dioses”, se dice que El había seducido a dos mujeres, y se asocian perversiones sexuales horribles con su nombre. Se casó con tres de sus propias hermanas (quienes también estaban casadas con Baal). Se le representa practicando actos sexuales viles e influenciando a otros a hacer lo mismo. No es sorprendente que la evidencia indique que los cananeos siguieron a sus dioses en tales abominaciones. En la religión cananea, se empleaba a los homosexuales y prostitutas para reunir dinero para el sostenimiento de los templos. No es una exageración decir que estos paganos elevaban el sexo al estatus de un dios (en nuestra sociedad actual no andamos muy descaminados). La religión cananea también fue un sistema horriblemente brutal. Por ejemplo, se representa a la diosa Anat matando a humanos por miles y caminando en sangre hasta sus rodillas. Cortaba cabezas y manos, y las usaba como adornos. Y a pesar de este aspecto tan horrible, la épica de Baal dice que su vida estaba llena de risa, y que su gozo era grande. Con relación a esto, también se debe mencionar que los cananeos depravados también sacrificaban a sus propios bebés delante de sus dioses (hoy día tenemos el aborto, el sacrificio de miles de no nacidos en el altar de los dioses de la hedonista e irresponsable sociedad actual, seguimos teniendo muchos adoradores de Baal entre nosotros). A tal nivel llegaba la degeneración, que Dios ordenó la destrucción total de esta gente impía para preservar la moralidad de Israel, “para que no os enseñen a hacer según todas sus abominaciones que ellos han hecho para sus dioses, y pequéis contra Jehová vuestro Dios” (Deuteronomio 20:18). No hay que olvidar que, a causa de Su naturaleza, Dios tiene el derecho de ejecutar juicio contra el malvado en cualquier momento.

Pudiera parecer obvia esta idolatría a nuestros ojos, en la actualidad, pero entonces no, de igual forma que hoy no percibimos las actuales. Cada época y sociedad es capaz de ver y sorprenderse de las anteriores pero no aquellas con las que convive día a día.

Si es tan evidente la diferencia entre el cristianismo y las religiones paganas, ¿de dónde procede la idolatría de la iglesia romana?

El cristianismo no estuvo permitido en el Imperio Romano, todo lo contrario, fue cruelmente perseguido, hasta el Edicto de Milán, del emperador Constantino el Grande, en el año 313, quien lo percibió como una forma de unificar el imperio, ya en franca decadencia en aquella época, detrás de una misma fe, frente a los distintos cultos paganos. Tras el Concilio de Nicea, en el 325, comenzó a difundirse una nueva religión mezcla del cristianismo y el paganismo, Iglesia e Imperio empezaron a fusionarse en uno. Como en Judá e Israel, en tiempos del Antiguo Testamento, Iglesia y mundo se fundieron, la Iglesia se mundanizó. En lugar de predicar la verdad del Evangelio a los paganos, el intentó fue adaptar un cristianismo que les resultase más atractivo. Así, comenzaron a surgir creencias como la absorción dentro del cristianismo del culto a Isis, la madre diosa-egipcia, reemplazando a Isis por María y dándole un papel que, en ningún momento se le da en el Nuevo Testamento, la transustanciación, lejanamente inspirada en el culto a Mitra, la veneración a los santos o la supremacía del obispo romano sobre la Iglesia. Esto último es algo fundamental. Siendo la ciudad de Roma el centro de gobierno del imperio romano, y con los emperadores romanos viviendo en Roma, la ciudad de Roma se levantó como preeminencia en todas la facetas de la vida. Constantino, y sus sucesores, dieron su apoyo al obispo de Roma como el supremo gobernante de la iglesia. Desde luego, era mejor para la unidad del imperio, que el gobernante y la sede de la religión se encontraran centrados en el mismo lugar. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, en el año 476, los papas tomaron el título que previamente había pertenecido a los emperadores romanos, el de “Pontificus Maximus”. El título de “Papa” no fue utilizado hasta el siglo XI. La Iglesia Católica Romana intenta justificar tanto la idolatría como otras creencias, resultado de cristianizar el paganismo, mediante giros, subterfugios y verdaderas piruetas argumentales, enterradas bajo páginas y páginas de una complicada teología, en la cual hay que rizar muchísimo el rizo para encontrar la base bíblica.

Al “romanizarse”, la Iglesia, ya convertida en Católica y Romana, olvidó que unas veces será más cómodo, unas en libertad, otras veces será en tiempos de persecución, otras en tiempos de bonanza económica y otras de penurias, pero la verdad de Dios será siempre inmutable. No debemos tratar de “adaptar” ni “personalizar” el mensaje de Dios porque creamos que va a gustar más a quien nos escuche. El mensaje de Dios es el de las Escrituras y haremos mal en tratar de adaptarlo a los tiempos y a los hombres, como está tan en boga en algunas iglesias, que buscan la personalización del mismo en lugar de la verdad. Como nos dice el apóstol Pablo en 2 Timoteo 1:14: “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”. Esto, hoy día, lo incumplen muchas iglesias evangélicas, no es algo exclusivo de la Iglesia de Roma, a lo que paso, ya para terminar de momento.

Un domingo del pasado mes de julio, tras el culto de la tarde, aprovechando que el calor había remitido un poco, fui a dar un paseo por uno de los parques de mi ciudad y tuve ocasión de ver, sentado en un banco mientras pensaba en mis cosas, algo que parecía una especie de ceremonia pseudo-cristiana, puesto que estaban celebrando algo muy similar a la Cena del Señor, pero de una forma un poco peculiar. Eran un grupo de unos quince jóvenes, algunos con aspecto de españoles y otros de sudamericanos, algo muy similar a lo que vi en una ocasión en una iglesia pentecostal: tatuajes y piercings, con camiseta, bermudas y chanclas (sé que la fe no es cuestión de raza, nacionalidad o clase social, a todos nos llegará la hora de comparecer ante el Tribunal de Cristo, ni soy legalista al extremo, pero en los cultos al Señor un mínimo de compostura hay que tener), en general “modernitos”, como se suele decir por aquí.

En mi ciudad, prácticamente solo una iglesia merece considerarse reformada. El resto del panorama de iglesias evangélicas son todas pertenecientes a las Asambleas de Dios o al movimiento que ha venido en llamarse “Iglesia Emergente“, iglesias que pervierten absolutamente la Palabra de Dios y que ofrecen una visión de la fe como si esta consistiera en presentar algo atractivo y adaptable a cada fiel, vanguardista y moldeable según las nuevas tendencias de la sociedad, buscando “cosas creativas” (eso me dijo un pentecostal, en una ocasión).

Es un intento de mezclar Iglesia y mundo, como si las dos fueran compatibles, olvidando que los cristianos vivimos y trabajamos en este mundo, pero no somos de este mundo. Sonará muy raro a quien no sea cristiano pero es la Verdad (“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”, 1 Corintios 1:18) y eso está por encima de cualquier consideración de este mundo. ¿A quién intentamos agradar? ¿A los hombres o a Dios? Líbreme Él de condenar a nadie, pero esta gente parece pensar que hace un favor a Dios atrayendo nuevas almas, que lo único que tendrán será una sombra de fe que se resquebrajará y se romperá a la mínima dificultad o al mínimo golpe que les dé la vida, cuando no es el hombre quien trae a nadie a Dios sino que Él mismo, con su gracia irresistible, atrae y adopta a quien quiera salvar de la muerte.

Esa es otra de las formas actuales de idolatría, una idolatría que no necesita ídolos tallados o esculpidos en piedra o mármol. Que no necesita ofrendas de incienso ni ceremonias. La interpretación de la fe cristiana moldeándola según la cosmovisión que a fuego nos impone el humanismo. Se moldea un ídolo de esta forma como los moldean los católicos romanos o los israelitas que caían en la idolatría.

Y eso dentro de las cuatro paredes de la iglesia (o sobre la hierba de un parque) un domingo, puesto que el resto de la semana rigen sus vidas exclusivamente mediante los cánones que marca el humanismo. Muchos cristianos piensan que la vida cristiana se reduce al domingo en la iglesia, como si fuera un hobby de fin de semana, y creen que el resto de la semana no hay que pensar en como honrar a Dios incluso en los pequeños actos de la vida cotidiana o cosas como que la política y la vida pública no va con nosotros.

Los humanistas, muy sutilmente, crean sus propios ídolos, dando a estos productos una apariencia de “neutralidad”, cuando lo que hacen es crear sus propias leyes (una vez más, y van no sé cuántas ya, las leyes nunca son neutrales y hoy día, en los parlamentos, ganan los humanistas), crear sus propios sistemas de valores y educativos y adorarlos, les dan la categoría de “dioses” y llenan todo con esos dioses puesto que, para ellos, son la expresión de la verdad y de lo que es correcto, pese a que “no tendrás dioses ajenos delante de mí”.

CONTINUARÁ

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