martes, 18 de enero de 2011

Anglicanos y puritanos

.
En la primera entrada vimos la sucesión de acontecimientos en la Inglaterra del siglo XVII hasta llegar a la Revolución Gloriosa de 1688. Sabemos el cómo pero para conocer el porqué debemos retrotraernos más de un siglo hacia atrás en el tiempo, hasta la primera mitad del siglo XVI.

Inglaterra había estado unida a la Iglesia de Roma durante casi mil años, antes de la ruptura en 1534, durante el reinado de Enrique VIII. La separación teológica ya venía gestándose desde bastantes años atrás por medio de movimientos como el de los Lolardos, también conocido como Wyclifismo (una suerte de cristianismo “pre-reformado”), entre finales del siglo XIV y principios del XV, pero la reforma inglesa ganó verdadero apoyo político cuando, en 1533, Enrique VIII quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón, con la pretensión de casarse con Ana Bolena.
Bajo presión del sobrino de Catalina, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V (y I de España), el Papa Clemente VII, inicialmente favorable a la solicitud, la rechazó, por lo que el rey Enrique, aunque teológicamente era un católico romano devoto, decidió convertirse en Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra para asegurar la anulación de su matrimonio. Esto no hay que olvidarlo, Enrique VIII había llegado a ser proclamado “Defensor fidei” por el Papa en agradecimiento por sus ataques al luteranismo, y, de hecho, persiguió ferozmente a los protestantes, ayudado con gran entusiasmo por el ferviente papista Sir Tomás Moro.

Tomás Moro, por cierto, uno de los antecesores del pensamiento totalitario, en su obra “Utopia”, donde describe una isla en la que se organiza una sociedad ideal, quien, en 1535 fue enjuiciado por orden del propio Enrique VIII, por no prestar el juramento antipapista frente al surgimiento de la Iglesia Anglicana ni aceptar el Acta de Supremacía, siendo decapitado el 6 de julio de ese mismo año. En 1935 fue canonizado por la Iglesia Católica, quien lo considera un santo y mártir.


En julio de 1534, el Papa excomulgó tanto a Enrique como a Ana Bolena. Pero el monarca ya no estaba dispuesto a detenerse: mediante tres actas votadas por el Parlamento, consumó el cisma con Roma y en el verano de 1535, aparte del propio Tomás Moro, decapitó al cardenal John Fisher, el principal opositor a su segundo matrimonio y mártir también para la Iglesia Católica.

Sin embargo, a Enrique VIII ni se le pasaba por la cabeza hacerse protestante. En 1536, mediante los Diez Artículos de Fe se decretaba la adhesión de la Iglesia de Inglaterra a las ceremonias católicas, el culto a las imágenes, la invocación a los santos, las oraciones por los difuntos y la doctrina de la transubstanciación. No solo eso: ordenó redactar una profesión de fe en la que se afirmaban claramente los siete sacramentos católicos. La negación de la transubstanciación se castigaba con la hoguera, el matrimonio estaba prohibido a los sacerdotes, se mantenía la confesión auricular, la Virgen y los santos seguían siendo objeto de devoción y el libre examen de las Escrituras no estaba permitida. Mientras había una situación de tolerancia hacia los católicos ingleses, en base a la idéntica doctrina, los protestantes eran encarcelados, torturados y ejecutados, debiendo huir al continente muchos de ellos.

La muerte de Enrique VIII, el 28 de enero de 1547, fue precisamente la que proporcionó a los protestantes la oportunidad de iniciar la Reforma en Inglaterra, junto con la subida al trono de su hijo Eduardo VI, el rey niño. Eduardo fue un niño extremadamente enfermizo (se cree que sufría de una forma congénita de sífilis o de tuberculosis), hasta tal punto de que su fragilidad hizo que Enrique VIII volviera a casarse hasta tres veces más para tener un heredero sano, sin conseguirlo, y de que reinase bajo la protección de Edward Seymour, duque de Somerset, y de John Dudley, conde de Warwick, sucesivamente. Estas dos personas fueron claves: Seymour era partidario de un luteranismo moderado pero Dudley era de tendencia decididamente calvinista. Con este último empezó el declive del catolicismo romano en Inglaterra. La legislación de Enrique VIII sobre herejes fue abolida, con lo que la mayoría de protestantes exiliados pudieron regresar y, asimismo, la Biblia fue traducida al inglés, con anotaciones protestantes, especialmente presbiterianas. La lectura privada de las Escrituras hizo llegar a los ingleses la verdad bíblica. En 1552, se procedió a la aprobación de una confesión de fe de contenido protestante.

Sin embargo, en julio de 1553, la tuberculosis venció a Eduardo, a la sola edad de 15 años. Le sucedió su hermana María, coronada como María I de Inglaterra, el 28 de junio de 1554, en la Abadía de Westminster, quien se ganaría en poco tiempo el apelativo de “María la Sanguinaria”. Su reinado de solo cuatro años fue una auténtica pesadilla para los cristianos ingleses, enviando a la hoguera a 284 protestantes mientras los exiliados se elevaban a centenares. Restableció la unión con el papado y persuadió al Parlamento para rechazar las leyes aprobadas por Enrique VIII, aunque para conseguir un acuerdo tuvo que hacer una importante concesión: decenas de miles de acres de tierras monacales confiscadas por su padre no fueron devueltas al clero católico. Las leyes contra los herejes a la doctrina católica romanista fueron restauradas: John Dudley fue encerrado en la Torre de Londres y, posteriormente, ejecutado. La misma macabra suerte corrieron el arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, Nicholas Ridley, obispo de Londres, y el reformista Hugh Latimer.


Gracias a Dios, el 17 de noviembre de 1558, exhaló su último aliento, siendo sucedida por su hermanastra, Isabel, partidaria de continuar con la Reforma en Inglaterra. Isabel I de Inglaterra no es un personaje muy popular, que digamos, aquí en España. Tras rechazar al monarca católico español, Felipe II, como esposo, al contrario de lo que había hecho su sanguinaria hermanastra, inicialmente, tuvo que unir fuerzas con él ante la amenaza francesa. Sin embargo, después de la muerte del monarca galo Francisco II, la situación cambió: Isabel apoyó a los rebeldes protestantes holandeses, fustigó a la marina mercante española mediante su flota de corsarios, comandada por John Hawkins y Francis Drake, quien atacó Cádiz, en 1587, y La Coruña, en 1589, intervino en la guerra civil francesa a favor del también protestante Enrique IV de Francia, resistió, con la colaboración de los elementos, el embate de la Armada Invencible, volvió a saquear Cádiz con sus corsarios en 1597 e intentó, sin éxito, atacar las colonias españolas en América. Igualmente, fracasó en la organización de la conocida como “Invencible inglesa”, que tenía como objetivo saquear las costas españolas, provocar una rebelión en Portugal contra Felipe II y ocupar una de las islas Azores a fin de instalar allí una base permanente inglesa para los ataques a la flota mercante española (el destino que corrió esta armada, aún mayor en número de barcos que la precedente española, pese a ser menos legendaria, fue un desastre bastante similar).


Pero, en cuanto a la cuestión que nos ocupa, durante su reinado, la Reforma se consolidó definitivamente en Inglaterra. Al inicio de su reinado, se encontró un país aún mayoritariamente católico, hasta tal punto que no halló ningún Obispo importante que oficiara su coronación y, teniendo que recurrir al obispo de Carlisle. En 1559 apoyó a John Knox, considerado fundador del presbiterianismo, frente a la dominación francesa en Escocia. Ese mismo año, como suprema gobernadora de la Iglesia de Inglaterra, proclamó el Acta de Uniformidad, que obligaba a usar una versión revisada del Devocionario protestante de Eduardo VI en los oficios y a ir a la iglesia todos los domingos, y el Acta de Supremacía, que forzaba a los empleados de la corona a reconocer mediante juramento la subordinación de la iglesia inglesa a la monarquía. La mayoría de los obispos católicos instaurados por María se negaron a aceptar estos cambios, y fueron depuestos y sustituidos por personas favorables a las tesis de la reina. Tras el establecimiento, en 1562, de los Treinta y nueve Artículos de la Religión Anglicana y la bula papal de excomunión de Isabel I, en 1570, quedaba instaurada una Iglesia de Inglaterra claramente protestante, pero que se consideraba así misma como “moderada”, en el sentido de que afirmaba mantener la herencia católica y apostólica.


Sin embargo, un sector importante dentro de la Iglesia de Inglaterra sentía que la ruptura definitiva con la Iglesia Católica Romana no se había terminado de producir, ya que buena parte de la liturgia seguía siendo muy similar, aparte de que el anglicanismo estaba demasiado próximo al poder real inglés, obediente a sus decisiones y, por tanto, arbitrario según las coyunturas del momento, en lugar de mantenerse inmutable en la verdad bíblica. Fue surgiendo así, ya durante el reinado de Isabel I, el conocido como puritanismo. Muy alejado del sentido peyorativo actual del término, su primera acepción fue “aquellos que luchan por lograr un culto purificado de toda contaminación de papismo”. Influenciados por las enseñanzas bíblicas de Juan Calvino creían en la soberanía absoluta de Dios sobre todas las cosas de este mundo, en la pecaminosidad de todo el género humano, que el individuo solo podía encontrar la salvación en la gracia de Dios, en que cada persona, a la que Dios hubiera mostrado misericordia y perdón a sus pecados, debía comprender su incapacidad para alcanzar la salvación por si misma y confiar en que el perdón que está en Cristo le había sido dado, por lo que, por gratitud, debía seguir una vida humilde y obediente. Ello junto a una defensa del libre examen individual de las Escrituras y un énfasis en la educación, la ilustración y la cultura para este sacerdocio universal de todos los creyentes cristianos.


Ese libre examen del texto bíblico había llevado al surgimiento de una fe racional, alejada de los dogmas impuestos más allá del contenido de la Palabra de Dios manifestado en la Biblia, y basada en el libre pensamiento. Superada la teología rígida imperante hasta entonces, al examinar cada hombre las Escrituras en busca de la verdad revelada, se abrieron numerosos campos de debate y razonamiento que se trasladaron a otros ámbitos distintos del religioso. El pensamiento se desligaba de la imposición de instancias humanas al afirmarse que, en la lectura de la Biblia, la única guía para el hombre sería el Espíritu Santo y que el hombre únicamente sería responsable ante Dios de la interpretación que realizara. La salvación dependía enteramente de Dios, puesto que el hombre está inhabilitado para obtenerla, pero ya no estaríamos hablando de “méritos ante otros hombres”, origen esta idea del principio de responsabilidad individual, puesto que se rechazaban los conceptos inmutables impuestos al ser humano por autoridades ajenas a su propia conciencia.


Aquellos hombres, que quizás pudiéramos llamarlos o considerarlos “proto-liberales”, sí tenían ya claro que creían en el gobierno limitado, los derechos individuales del hombre y la propiedad privada, en base a la defensa que se hace de los mismos en la Biblia, tenían una base moral para defenderlos. Creían que Dios, como Creador del hombre, tenía mejores ideas que los propios humanos sobre sus asuntos terrenales, entre ellos los relativos al gobierno civil. La Biblia nos enseña que, tras la la primera transgresión, el hombre se encuentra incurso en el pecado original, desde nuestros primeros padres nos ha sido transmitido. El ser humano, aunque pueda hacer buenos actos, tiene, a causa de esto, una natural inclinación al pecado. Siempre está expuesto a corromperse debido a que, en origen, es un ser pecaminoso. La naturaleza caída y pecaminosa del hombre aconsejaba un gobierno limitado y una separación de poderes, con una justicia independiente que garantizase el imperio de la ley, un parlamento elegido por el pueblo y un ejecutivo que pudiera ser controlado por los representantes populares.


Esto nos lleva directamente a la entrega anterior. Los puritanos ingleses que tomaron las armas, a mediados del siglo XVII, frente a Carlos I, comandados por Cromwell y el bando parlamentario, defendían tres derechos muy concretos: libertad de culto, libertad de expresión y propiedad privada. Entendían que un gobierno que no respetara estos derechos sería despótico y su victoria sobre el bando monárquico, junto con la posterior Revolución Gloriosa de 1688, fue clave para consolidar un sistema representativo en Inglaterra. Otros, anteriormente, emigraron a las Provincias Unidas (las actuales Holanda y Bélgica), donde los calvinistas establecieron un sistema de libertad económica y confesional, o al Nuevo Mundo, a las colonias de la costa este de América del Norte (los famosos peregrinos del “Mayflower”, entre ellos, quienes llegaron allí, al actual estado norteamericano de Massachussets, el 16 de septiembre de 1620, con la idea de crear una colonia bíblica que purificara a la religión anglicana de los males que la aquejaban), Nueva Inglaterra.


La muerte de Cromwell y el fin de la breve experiencia republicana inglesa trajo nuevos problemas relacionados con la tolerancia religiosa: ¿qué debía hacer el gobernante con quienes se negaban a atender los oficios religiosos de la Iglesia Anglicana?¿Podía juzgar sobre creencias privadas? Hasta 1688, este tema estuvo en el aire. Aunque Carlos II había prometido respetar la libertad de culto al ser restaurado en el trono en 1660, la presión de su entorno hizo que esa promesa se quebrantase al poco tiempo. A partir de 1662, manifestar públicamente rechazo a la religión anglicana podía suponer multas, confiscaciones de bienes e, incluso, la cárcel. En 1670, la Iglesia Anglicana lanzó una feroz represión contra los disidentes religiosos, desatando una verdadera caza de brujas que culminó con una quema y censura de libros, cientos de prisioneros y muchos rebeldes enjuiciados, torturados y asesinados. Al contrario del pensamiento de los puritanos, para la monarquía era intolerable pensar que los individuos pudieran ser vistos a los ojos de Dios como libres y responsables y, por lo tanto, que podían actuar según su libre albedrío. En esos años, John Locke, empezó a desarrollar su teoría de que los gobernantes no tienen potestad para interferir en las decisiones individuales de las personas a la hora de elegir sus caminos hacia la salvación eterna, algo solo concerniente a iglesias separadas del Estado, y que no vio la luz del sol hasta después del fin del absolutismo monárquico en Inglaterra, aunque eso lo veremos en la siguiente entrega.


En resumen, la Reforma en Inglaterra tuvo el efecto positivo, primero de la ruptura con Roma y, tras la muerte de Enrique VIII, de la llegada al pueblo inglés de la verdad bíblica. No tanto en el establecimiento de una verdadera libertad religiosa, al no ser tan distinta la reacción de la Iglesia de Inglaterra a la de Roma frente a las disidencias, la anglicana terminaba siendo tan mundana como la romana. Sin embargo, la lectura de la Biblia y la influencia del calvinismo inició una corriente de pensamiento, la de los puritanos, de una importancia fundamental en el alcance de las libertades que disfruta hoy día el mundo occidental y que se dan por hecho sin tomar ni la más mínima molestia en indagar sobre cuál es su base, cuál es su raíz.
.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada